Acusan a El Señor de los Anillos de no ser lo suficientemente feminista por no pasar el test de Bechdel
Como no podía ser de otra manera, una nueva controversia sacude el legado de J.R.R. Tolkien. Ésta vez nos hacemos eco de una acusación realizada en 2022 en varios diarios como Tomatazos o en El Nacional, donde se aseguraba que la obra de El Señor de los Anillos no es suficientemente feminista por no pasar el test de Bechdel.
Este examen, que mide la representación femenina en la ficción exigiendo que al menos dos mujeres con nombre hablen entre sí sobre algo que no sea un hombre, se ha convertido en un arma arrojadiza para etiquetar obras maestras como machistas y patriarcales. En el caso de El Señor de los Anillos, tanto la obra literaria de Tolkien como la trilogía cinematográfica de Peter Jackson han sido señaladas por no cumplir este criterio, desatando críticas que no solo son absurdas, sino profundamente injustas.
La obsesión por el test de Bechdel: un revisionismo absurdo
El test de Bechdel, creado en 1985 por Alison Bechdel como una herramienta para señalar las tramas normativas del cine convencional, se ha transformado en un dogma que se aplica indiscriminadamente a cualquier obra, sin importar su contexto histórico o artístico. En el caso de El Señor de los Anillos, tanto el libro como las películas han sido acusadas de no pasar este test porque sus personajes femeninos principales —Arwen, Éowyn y Galadriel— apenas interactúan entre sí, y sus conversaciones suelen girar en torno a hombres o a la guerra. Esta crítica, que ha ganado tracción en plataformas como X y en medios progresistas, ignora por completo el propósito narrativo de la obra y el contexto en el que fue creada, reduciendo una epopeya monumental a un supuesto «fracaso feminista».
Decir que El Señor de los Anillos no es lo suficientemente feminista por no pasar el test de Bechdel es un ejercicio de revisionismo absurdo que desvirtúa el valor artístico de la obra. Tolkien escribió su legendarium en las décadas de 1930 y 1940, y lo publicó en los años 50, en un mundo marcado por la posguerra y los valores tradicionales. Pretender que una obra de esa época cumpla con los estándares de un feminismo contemporáneo que ni siquiera existía entonces es no solo anacrónico, sino intelectualmente deshonesto. La narrativa de Tolkien no se centra en la representación de género, sino en la lucha universal entre el bien y el mal, la búsqueda de la inmortalidad y la redencción, temas profundamente arraigados en su fe católica.
Imponer el test de Bechdel como criterio de validez es un acto de arrogancia cultural que menosprecia el contexto y la intención del autor
Tolkien era un hombre de su tiempo, un académico y un católico devoto que vivió en una sociedad profundamente diferente a la actual. Su obra, impregnada de simbolismo cristiano, refleja su visión del mundo: la creación y la caída de los elfos y los hombres en El Silmarillion, el sacrificio de Frodo como una alegoría de Cristo, y la lucha contra el mal encarnado por Sauron, son temas que trascienden las preocupaciones de género. Como él mismo escribió en una carta, evitó referencias explícitas a la religión en su mundo ficticio para que «el elemento religioso quede absorbido en la historia y el simbolismo». Intentar reducir El Señor de los Anillos a una cuestión de representación femenina es ignorar su profundidad teológica y su mensaje universal.
En el contexto de los años 50, las mujeres de Tolkien —como Éowyn, que desafía los roles tradicionales para derrotar al Rey Brujo de Angmar en los Campos de Pelennor, salvando a su tío y también, Rey Théoden, o la Dama Galadriel, una figura de inmenso poder, misticismo y sabiduría que mantiene a raya al Señor Oscuro Sauron— eran revolucionarias. Éowyn, con su célebre grito «¡Yo no soy un hombre!» mientras enfrenta al líder de los Nazgûl, rompe con las expectativas de su sociedad, demostrando un coraje que trasciende el género. Sin embargo, los críticos modernos, obsesionados con afear una obra tan excelsa como es El Señor de los Anillos, prefieren tachar estas figuras de insuficientes porque no cumplen con un estándar arbitrario que solo está en sus cabezas.
Esta visión no solo desmerece el impacto de estos personajes, sino que también ignora el hecho de que Tolkien no estaba escribiendo para satisfacer una agenda política, sino para transmitir verdades espirituales y humanas, tal y como él las sentía
El feminismo contemporáneo, en su forma más radical, se ha convertido en una herramienta de polarización que no busca comprender, sino condenar. La acusación de que El Señor de los Anillos es machista por no pasar el test de Bechdel es un ejemplo claro de esta mentalidad. En lugar de apreciar el arte por lo que es —una expresión de su tiempo y su creador—, se le exige que se ajuste a una ideología moderna que nada tiene que ver con su propósito original. Esta mala costumbre de revisionar todas las obras del pasado para adaptarlas a un pensamiento doctrinal es un ataque directo a la libertad creativa y a la diversidad cultural. Si aplicamos este estándar a todas las obras clásicas, desde Shakespeare hasta Homero, ninguna sobreviviría al escrutinio, y terminaríamos con un arte homogéneo y vacío, diseñado para cumplir con cuotas en lugar de inspirar.
El feminismo actual, con su obsesión por métricas como el test de Bechdel, ha perdido de vista su objetivo original: la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres. En lugar de celebrar personajes femeninos complejos como Éowyn o Galadriel, que desafían las normas de su mundo ficticio, este feminismo doctrinal prefiere etiquetar El Señor de los Anillos como patriarcal porque no se ajusta a una visión contemporánea del género. Esta actitud no solo es injusta con Tolkien, sino también con las mujeres reales, que merecen un feminismo que valore las historias en su contexto, no que las destruya en nombre de una supuesta corrección política.
La crítica a El Señor de los Anillos por no pasar el test de Bechdel es parte de una tendencia más amplia: la obsesión por reescribir la historia y el arte para que encajen con los valores modernos. Esta práctica empobrece nuestra comprensión del pasado. Tolkien no estaba escribiendo para satisfacer los estándares del siglo XXI; estaba creando un mito que reflejara su fe, sus experiencias en la Primera Guerra Mundial y su amor por las lenguas y las culturas antiguas.
Pretender que su obra sea un manifiesto feminista es tan absurdo como exigir que La Ilíada aborde el cambio climático
Esta moda revisionista, que busca imponer el feminismo como criterio de validez, es un reflejo de una sociedad que ha perdido el respeto por el arte y la historia. En lugar de aprender del pasado, lo juzgamos con arrogancia, ignorando que cada obra es un producto de su tiempo. Si seguimos por este camino, terminaremos destruyendo nuestro patrimonio cultural, reemplazándolo por una narrativa única que no permite matices ni diversidad. El Señor de los Anillos no necesita ser feminista para ser una obra maestra; necesita ser entendido como lo que es: una epopeya que habla de la condición humana, no de las agendas políticas del siglo XXI.
Acusar de no ser lo suficientemente feminista a El Señor de los Anillos por no superar el absurdo Test de Bechdel, es un ataque injusto que desvirtúa su legado. La obra de Tolkien, con su mensaje católico y visionario, ha inspirado a generaciones con su exploración del sacrificio, la amistad y la lucha contra el mal. Personajes como Éowyn, Arwen y Galadriel, lejos de ser secundarios, son ejemplos de fuerza y sabiduría que trascienden las etiquetas de género. La obsesión por el test de Bechdel y el feminismo doctrinal es un síntoma de una sociedad polarizada que prefiere destruir a comprender. Es hora de dejar de juzgar el pasado con los estándares del presente y empezar a valorar el arte por lo que realmente es: un reflejo de la humanidad en toda su complejidad.